Mi corazon quedó en Marruecos

Marruecos. No podia creer que iba por primera vez al Africa. Sola. La idea de estar ahí me ponía la piel de gallina.

Tenía mucha ansiedad, muchas dudas, pero sobre todo mucha curiosidad.

Estuve en Marruecos durante el Ramadán, el mes sagrado durante el cual los musulmanes ayunan desde el amanecer hasta el anochecer. Es una época muy importante para ellos, es una gran expresión de Fe. El ayuno los acerca a Allah (Dios). Se realizan rigurosos rezos durante el día, y en especial a la hora de romper el ayuno.

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Llegué al aeropuerto de Casablanca sin creerlo todavía. Todo me parecía normal, no muy diferente. Me subí al tren en el aeropuerto y me senté junto a una señora Francesa en un vagón oscuro. Al ratito una Marroquí se nos sentó al lado y empezaron a hablar en Arabe. La Marroquí me empezó a hablar en ingles, y me hizo las preguntas correspondientes que volvería a escuchar durante todo el viaje: Viajas sola? Si.  Tenés amigos en Marruecos? Todavía no. Estas casada? No. De donde sos? Argentina (mostrar mapa). Y los consejos: Quedate en la zona turística, ten cuidado, pasala lindo!

Y así equipada con los consejos de la señora y los ojos bien abiertos para no perderme de nada, me baje en la estación Casa Port (estación de tren en el centro de Casablanca).

Bajé del tren y la realidad y el caos me pegaron en la cara. Mal acostumbrada al orden y calma de Amsterdam, lo que vi me descoloco por unos segundos. Pero enseguida me acorde que soy Sudamericana, y que el caos, el ruido, y el quilombo lo conozco muy bien.

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Puse cara de que “se muy bien a donde voy” y esquive a todos los taxistas que me ofrecían llevarme.  Decidí que iba a caminar al hostel, porque parecía cerca en el mapa. En realidad quedaba bastante lejos,  pero creo que necesitaba sambullirme en el caos de una vez,  como en una pileta muy fría. Quería dejarme llevar desde el primer paso. Y experimentar Marruecos.

Cuando salí del hotel para buscar comida me di cuenta que estaba todo cerrado. Claro… Ramadán.

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Camine un poco y encontré un cafe abierto con algunas personas (y mujeres) dentro. Eso me dio confianza y entre. Con señas pregunte si me podia sentar. Las mesas estaban servidas. Con pan, un huevo hervido, queso untable. Un vaso con jugo de naranja, uno con agua y uno con leche. Como vi que nadie comía me senté a esperar. Sin saber cuando iba a poder probar bocado, porque no tenia idea a que hora terminaba el Ramadan.

En un momento, después de media hora esperando (y mirando la comida) sonó una alarma en toda la ciudad. Con cara de “salgo corriendo o me meto bajo la mesa?” mire al rededor y la gente estaba empezando a comer. Ahhh… esa alarma marcaba el fin de Ramadan. Era la primera vez que pisaba un país Arabe, tengan paciencia!

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Casablanca me decepciono un poco. Es un lugar muy local, no muy turístico. No hay tantos lugares para ver, lo mas importante es que posee la única mezquita de Marruecos a la que pueden acceder no-musulmanes.

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Dos días después, me tome el tren a Marrakech. Una ciudad que agregue a ultimo momento en el itinerario “porque la tenia que ver” pero no iba con muchas expectativas. Y como pasa casi siempre, las mejores cosas están a donde menos lo esperamos.

El viaje fue de 6 horas, a través de zonas rurales, pueblitos en el medio de la nada, pastores de ovejas, burros, y gente trabajando en el campo. Fue un viaje en el tiempo. Ahi me di cuenta que en Marruecos el tiempo no pasa. 

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Llegue a Marrakech y sentí que entraba en un set de película. Tome el colectivo en la estación de tren, y baje en la plaza principal Jemaa el-Fnaa. Ahí me paso algo que me había pasado con muy pocos lugares, me sentí en casa. Sabia exactamente a donde ir en ese caos.

Hay lugares a los que llegamos, y sentimos que estuvimos ahí antes. Hay algo muy familiar sobre esos ruidos, los colores, las calles, no hay dudas. Déjà vu.

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Llegué al hostel que estaba dentro de un callejón, dentro de otro callejoncito, dentro de una callecita cerca del mercado Berber y a unas 15 vueltas de oreja desde la plaza principal. Golpee la puerta del hostel con el llamador de bronze y me recibieron solo sonrisas, música Arabe muy fuerte, almohadones en el piso y un caos igual al de la calle.

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Por unos momentos pensé que me tenia que buscar otro hostel, que había caído en un lugar equivocado. Parecía mas una casa de familia que un hostel. El check-in fue como una conversación con un amigo, y después de un rato me di cuenta que estaba en el lugar preciso. Como no podia ser de otra manera: estaba en casa.

Dejé mis cosas, volví a salir y me sambullí en ese mar de gente, colores, gritos, motos, olores y maravillas y moscas. Me atrapo. Todo me parecía nuevo y a la vez conocido.

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Marruecos me trajo de nuevo a la vida. Eso es Marruecos. En Marruecos se aprende a fluir, a dejarse llevar. No hay estructuras que puedan soportar la espontaneidad que se vive acá. Y sobre todo se aprende la paciencia. Mucha paciencia. Porque en Marruecos el tiempo se detiene. La gente camina lento porque hace mucho calor, y tampoco hay apuro “nunca nadie llego tarde a ningún lado”. El único apuro lo tienen las motos, que te esquivan (con suerte) entre los callejones de la Medina.

Esa misma noche me hice una amiga de Hong Kong en el hostel y nos fuimos a cenar a la plaza. La cual se llena de puestos de comida y restaurantes ambulantes (todos sirven la misma comida). Es un punto muy turístico, pero la experiencia vale la pena. Si quieren sentirse super estrellas caminen por la plaza, y van a tener al menos 10 vendedores expresando sus técnicas marketineras más elaboradas para lograr que se sienten en sus puestos.

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*Cabe aclarar que amo la comida de Marruecos. Comí sobre todo kilos de aceitunas, varias docenas de pan (lo hacen en hornos de barro y los venden calentitos, y otros tipos de pan muy finitos y fritos con una salcita de tomate y cebolla tipo pizza adentro), y mi favorito absoluto: pastilla ❤ (una especie de “tarta” con masa filo y rellena de pollo, cubierta con azúcar impalpable y canela. Deliciosa). 

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Tajin en Café Des Épices

Los próximos días fueron el mismo sueño. Especialmente mi experiencia en el hammam. Estos baños turcos se encuentran en todos los barrios de la medina, ya que las casas de los centros históricos son muy antiguas y no tienen duchas. Las personas del barrio se bañan en estos baños públicos. También los hay lujosos. Yo fui a Les Bains d’Orient. Ahi una señora llamada Touira, me dio un baño típico, y me trato como si fuera su propia hija. El amor de madre que sentí en ese momento me hizo extrañar mucho a la mía. Ese baño no solo saco la tierra de mis pies que junte en el camino, sino viejos patrones y sentimientos guardados. Termine llorando, pero de felicidad. Ese día volví a nacer en Marrakech, y fue Touira quien hizo de partera.

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Volví al hostel caminando por la Medina, feliz. Y esa noche  los chicos del hostel nos llevaron a mi y a otras chicas que eran parte de mi familia hostelera, a cenar.

A la vuelta, acompañamos a nuestro nuevo amigo Marroquí a hacer las compras, eran las 11 de la noche, pero todo estaba abierto y vibrante como si fueran las 10 de la mañana, o tal era esa hora, durante el Ramadán todo se da vuelta.

La calle en donde estaba la tienda era un enjambre de personas. Era como estar dentro de un colectivo en hora pico, no había salida. Nos quedamos atascados entre la gente. Motos, vendedores, un señor vendiendo sandwiches, una mama tratando de pasar con el carrito de su bebe (al que levantaron en el aire y lo transportaron cual artista de rock en un recital) Y ahi en el medio de todo eso, yo. Dentro de un remolino de gente, ruido, colores y olores. Un remolino de sensaciones. Mi amigo me guiaba por los hombros hasta que logramos salir del embotellamiento humano.

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Lo esperamos afuera de la tienda junto al dueño, un señor muy viejito que llevaba una tunica azul, y nos miraba sentado en una silla con su bastón en mano. Su nieto, de nuestra edad, nos decía que esta esperando que muera su abuelo para cobrar la herencia.  El abuelo le entendió y lo quiso golpear con el bastón, y mirándonos nos dijo “crazy” (loco). Son esos momentos tan reales y únicos que hacen de un viaje algo inolvidable.

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Restaurant “Balck Chich”: La mejor comida que comi en Marruecos

 

Varios días después, que siempre serán muy pocos, viajé para Fes. Otra vez en el tren, esta vez por 8 horas. Llegué a Fes con una confianza extrema. Después de una experiencia tan linda en Marrakech, creí que ahi seria igual. Sin embargo, como suele suceder en Marruecos, me confundí.

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Salí del hostel a lo que llamo “la hora de la locura” justo antes de que termine el ayudo. Y la gente se vuelve loca: por comprar, por vender, por llegar a la casa. Camine dos cuadras y me siguieron 5 hombres para “mostrarme el camino correcto”. Pero son  estrategias para llevarte a su tienda/restaurant/hotel, etc. Siempre quieren vender. Lo que sea. Cuando sea. Tienen ADN de comerciante. No hay nada que pueda cambiar eso.

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Fes me sobrepaso en un instante. Y volví al hostel, esta vez aceptando que tenia que ser mas cuidadosa. La Medina de Fes es literalmente un laberinto. Tiene alrededor de 9 mil calles, callejones y callejoncitos. Esta formada por alrededor de 30 barrios, y estos a su vez tienen 10 calles cada uno. Es un enjambre de gente, calles, burros, gatos y maravillas.

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Al día siguiente pedi un guía en el hostel. Y a pesar de que era feriado (el fin del Ramadán, o Eid Mubarak) apareció Sidik. Este señor que fue mi abuelo Arabe por un día me llevo por toda la Medina, a lugares a los que nunca hubiera llegado sola.

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De Fes tome un tren a Tánger, la ciudad mas al Norte de Marruecos. Y desde donde se cruza a España en ferry. El ferry de Tánger a Algeciras tarda 1 hora, y desde que me subí la magia de Marruecos empezó a disiparse.

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Ahora me despierto todos los días en mi cama de Amsterdam esperando abrir los ojos a Marrakech. A ese caos que me devolvió a la vida. Me saco del aburrimiento acumulado. De los días sin pena ni gloria. De una vida sin sabor. Pero Marruecos esta allá, y yo acá.

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Una noche en Marrakech le pregunté a uno de los chicos del hostel si veía Netflix. Me respondió: No lo necesito. Mi vida es una película.

Yo quiero vivir así también. Que cada día sea una nueva aventura. Como en Marruecos, donde quedó otro pedacito de mi, esperando mi regreso.

Inshallah. 

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