Por qué me convertí en humanitaria

Antes que nada, creo que todos tenemos una responsabilidad moral de ayudar al otro. Desde cualquier nivel y manera, pero es un elemento humano el de dar una mano al que lo necesite. Hay personas que lo dan todo aún no teniendo mucho, pero lo que dan es de corazón. Y eso es lo más importante.

Yo crecí viendo y viviendo desigualdad. Mi madre viene de un barrio humilde de José C Paz adonde, junto a sus cinco hermanos, creció con necesidades. Mi padre, en cambio, nació y creció en uno de los barrios mas ricos de Buenos Aires. Yo tuve un poco de los dos mundos. –

Yo vivía en San Isidro pero durante los fines de semana, mi mamá y yo visitábamos a mis tíos y primos en José C Paz. Y para mí, esos fueron los momentos más felices. Siendo hija única yo tenía todo, en cambio mis primos (casi 20) tenían poco. Nosotras visitábamos y llevábamos cosas para ayudarlos. Pero creo que fueron ellos, mis primos y mis tíos, quienes nos ayudaron más a nosotras. Las tardes de verano jugando en la pelopincho llena con agua marrón, los mates a la tarde de mi tia, rodeados de risas, gritos de chicos y música, nos hacían olvidar (a mi mamá y a mí) de la soledad de San Isidro. Yo hubiera dado todo en un segundo por vivir ahí todos los días, en esas calles de tierra, tomando juguitos (esos tubitos congelados con sabor a fruta que te chorreaban todo el brazo), dormir todos juntos (a veces en el piso), pelear con mis primos por una factura en la mañana (porque nunca había suficiente), vivir descalza y ensuciarme jugando en la calle hasta muy tarde. Eso era la felicidad para mí. Mi casa, al contrario, era estar sola y aburrida.

Yo crecí entre las comodidades de mi casa, y la humildad de José C Paz.  Mi padre tenia un buen trabajo, y vivíamos en nuestra casa propia, un departamentito arriba de la casa de mi abuela paterna. Un día, tampoco supe bien el por qué, mi papá se fué. Nos quedamos solas mi mamá y yo. En realidad, siempre estuvimos solas. Pero ese es otro tema…

Si bien mi padre me pasaba plata, no alcanzaba, y mi mamá tenía que trabajar en tres casas de empleada doméstica para mantenerme. Así, yo crecí yendo con ella a esas casas enormes en las Lomas de San Isidro, y soñaba con tener una casa así y muchos hermanos. Mi mamá, no me dejaba sola en ninguna parte porque siempre tuvo miedo de que me pasara algo. Yo iba, de chiquita, contentísima para ver cómo vivían los ricos, de más grande me daba mucha vergüenza. Pero de todo eso también aprendí sobre la desigualdad.

Yo fui a tres escuelas. La primaria la hice en la Escuela N 34 “Las Casitas” en San Isidro, una escuela muy cerca de la Villa La Cava. Ahí aprendí sobre la crueldad con la que mis compañeros crecían, la miseria y la pobreza. Aunque en ese entonces no entendía por qué mis compañeros iban al colegio llevando sus útiles en una bolsita de plástico, o por qué no estrenaban cartuchera con lápices afiladitos y nuevos como yo, cada año. No entendía. Cuando llegué al séptimo grado mi escuela ya no tenía lugar y me cambiaron a una escuela privada a la vuelta de mi casa, en plena Lomas de San Isidro.

En el ‘San Pancho’ me vi rodeada de pibes creídos hijos de la realeza, de un comportamiento atroz (aún peor que el de los chicos de Las Casitas). Con aún más crueldad, pero esta vez dirigida a mí que era la nueva y la “pobre” en este nuevo ambiente. Porque yo vivía la mitad de mi vida en Jose C Paz, amaba la cumbia y mi ídolo en ese momento era Pablito Lescano, yo era la “negra villera” en el San Pancho. Otra vez me tocó vivir desigualdad. Después de tres años ahí, me di cuenta de que este tampoco no era mi lugar. Siempre fui un poco complicada… Me volví a cambiar de escuela. Los últimos años de secundaria los hice en la escuela publica Comercial de San Isidro. Con chicos como yo, de clase media, que no pertenecían ni a uno ni a otro lugar, era la escuela justa para mí.

Cuando termine el colegio tuve que ir a trabajar y como mi mamá siempre me dijo que yo tenía que estudiar. Trabajaba de día y estudiaba el nivel terciario de noche. Todo mi sueldo se iba en cuota del instituto. Pero yo tenía una casa y comida. Nunca me falto nada.

Como trabajaba en la zona de Congreso de Buenos Aires, y yo vivía en San Isidro, tenía que tomar un colectivo, un tren y dos lineas de subte para llegar al trabajo. Durante esos viajes diarios en subte me cruzaba con gente de la calle. La mayoría eran niños. Descalzos, sucios y con hambre. Particularmente me acuerdo de un nene que todavía no podia caminar bien ni hablar, era tan chiquito, iba de persona en persona en el subte con la manito sucia estirada pidiendo monedas. Nunca me olvide de ese nene. Ni de todos los chicos que vivían en el subte aspirando bolsitas con poxi, para no sentir el hambre.

Muchos nos sentimos mal por ellos, pero yo me llevaba el dolor a mi casa. Yo no podía olvidarme, y hacer como que ellos no existían. Aunque todo me había costado en la vida, yo sabía apreciar lo mucho que tenía, pero esos chicos no tenían nada. Y eso para mí era muy injusto. La desigualdad es injusta. No es natural, y no es inevitable. Se puede, y se debe erradicar. 

La vida me dio la oportunidad de viajar e irme de mi país hace 9 años atrás. Viví en Estados Unidos, trabajando en lugares horribles sirviendo a otros y muchas veces pasando hambre porque no me alcanzaba la plata cuando todavía no tenia mis documentos para trabajar legalmente. Vivía la desigualdad. Pero yo nunca me olvide de esos chicos que vivían en la calle.

Y como uno tarde o temprano tiene que hacer lo que el corazón manda, aunque no quieras escucharla, esa es tu llamada en la vida. Tu misión. Hice una maestría en ayuda humanitaria, pero con el tiempo me di cuenta de que no es necesario estudiar para ser humanitario. Basta que te importe el otro, que mires alrededor y busques la manera de ayudar. Así sea a personas de tu propia familia, a tus vecinos, a ese señor que pide en la calle, o a esos niños en el subte.

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